viernes, 22 de mayo de 2009

Áurea


Áurea
20/08/1933 – 27/03/2009

Te recuerdo en mis sueños, como aquellos cuentos que no eran cuentos; eran todos tus recuerdos, de cuando niña ibas al campo a cortar flores, recoger nueces y atrapar chapulines. Apresurada volvías a casa a moler el maíz, porque a tu abuelo le gustaba el atole de granillo recién hecho en el metate, tus manos delicadas soportaban el calor del comal para hacer las tortillas y corriendo llegabas al escuela. Siempre llevabas lista la tarea porque te daba vergüenza que el maestro te pegará con la regla, o te dejara en el patio cargando dos tabiques. Por la tarde tenías que ir a casa de tus padrinos, a tus “aprovechadas” clases de cocina, y digo “aprovechadas” porque tu madrina además de la cocina, te ponía a barrer, trapear, planchar, y cuando ya iba a llegar su esposo, entonces sí; comenzaba la acción en el menester de los platillos. Ya entrada la noche regresabas a tu casa de carrizo y esperabas a que se durmiera la abuela, porque si te cachaba con la vela encendida a media noche haciendo tarea, tremenda tunda que te acomodaba. Así, pasaron los años y creciste, obstinada siempre por estudiar, te fuiste a la ciudad con tu tío “Vizonte” (como no te gustaba que le llamáramos). Los abuelos siempre te dijeron que ibas a sufrir y no había necesidad, que en la casa: “poquito”, pero tenías; diario había maíz para tortillas, y frijoles. Además, el hijo del dueño del molino se quería casar contigo, según dijo la “tía Chica” y de aceptar hubieras sido rica, pero ¡que ganas las tuyas de estudiarrr!. Poco te importó, entraste a la secundaria y después a la normal, a veces no había para comer, y tu tío era todo un caso; si le faltaba un botón en la camisa, había que remendarlo y volver a lavar, planchar con almidón y entregarlo cuál servicio de lavandería, más aparte tenias que hacerte bolas con el gasto; si faltaba tú te las arreglabas, porque no te iban a dar más. Un día llegó tu abuela de visita, y tú rompiste en llanto cuando te dio todos sus centavos ahorrados “pa´ comprarte unos zapatos”, porque los traías todos rotos. Siempre la misma cantaleta ¡Qué ganas las tuyas de estudiarrr!, pero tú seguiste firme como un roble, inamovible. Toda tu vida siempre fuiste decidida, desde niña te tocó la vida dura; tu papá murió cuando naciste, una bala pérdida te lo arrebató y qué decir de tu mamá, ella se casó porque ¿Qué iba a pensar el pueblo de una mujer sola? Y tus abuelos te llevaron a su casa, porque no querían dejarte con un extraño, al poco tiempo murió ella, por una bicicleta que se le atravesó en sentido contrario, y aferrarte a los abuelos fue tu único destino. Pero ¡Qué ganas las tuyas de estudiarrr!, terminaste la normal y te casaste, tuviste a dos chilpayates, pero no te bastó, ahora trabajabas, atendías la casa, cuidabas a los niños, y seguías estudiando; ahora la especialidad. Tu esposo como todo buen macho mexicano, te dijo que ya era tiempo de que te dedicarás al hogar, y ante tu renuencia te puso mil y un condiciones para que siguieras estudiando; tenía que estar el desayuno listo, los niños arreglados y en la escuela, la casa limpia y la comida caliente cuando él llegara. Sin chistar aceptaste el acuerdo, como la abuela te educó, tenias que cumplir con tus deberes de mujer pero ¡Qué ganas las tuyas de estudiarr!, terminaste la especialidad, y le seguiste con la maestría, construiste unas tres escuelas y formaste a varios miles de estudiantes, les enseñaste a leer, a escribir, y lo mejor.. a vivir. Siempre tenias oídos pa´ escucharlos, palabras tiernas para alentarlos, y sutiles regaños para orientarlos. Como si te sobrara tiempo, te gustaban las plantas, e hiciste de tu casa todo un jardín botánico, con guayabitas japonesas, árboles de limón, ruda, cientos de flores y por supuesto tus geranios. Te encantaban los geranios y tenías de todos los colores, también tenias unas gallinas y uno que otro pato. Creo que nunca olvidaste tus raíces y siempre las portabas con la frente en alto. Cada domingo nos llevabas a tu pueblo, a comer estofado, nenguanitos y la tradicional nieve, también a llevar flores a los abuelos. Nunca olvido tu sonrisa y esos ojitos pispiretos, las arrugas de la frente que revelaban tanto sufrimiento. Siempre tuviste fuerzas para todo, en tu vocabulario no había imposibles, eras el pilar de la familia; dos hijos, una nuera y un yerno, cinco nietos y cuatro bisnietos, todos hacían lo que decías si cuestionar tu autoridad, más que miedo, siempre nos infundiste respeto y admiración. A los setenta y dos, con dos maestrías y un doctorado, viajaste a México para recibir un reconocimiento de manos de Vicente Fox. Al año siguiente te jubilaste, ¡Pero que ganas las tuyas de estudiarrr!, entraste a cursos de tai chi, yoga, pintura, danzón, corte y confección y canto. Viajaste por toda la república ganando varios concursos, desde Los Cabos a Cancún, eres más conocida que la tortilla entre todos tus cientos de amigos jubilados, fuiste a Cuba y a Guatemala. También eras devota de tus santos; cada año ibas a ver a la virgen de Juquila, a la Basílica, al santo Niño Doctor, a ver al Cristo Negro. Y a pesar de tus múltiples ocupaciones, siempre tenías tiempo para nosotros, aún tengo todo un estante lleno de recuerdos de todos los lugares a dónde fuiste, también me hice de una colección de playeras y unos 20 álbumes de fotos. Y como dice aquel verso popular.. “Los árboles mueren de pie”, incluso al final de tus días, tendida en una cama de hospital, con cuatro tubos distintos para no sé que tantas cosas y comiendo líquidos por sonda, seguiste luchando. Cada que iba a verte, mirabas a la ventana, me contabas una de esas historias cuando niña, te levantabas con una fuerza sabe Dios de dónde y empezabas a caminar, dábamos nuestro rondín por los pasillos, y me contabas de cuando la revolución, de la vez que aventaste tan fuerte en el columpio a tu primo, que terminó en el lodo de los cuches, y de la estrategia que debíamos seguir para meter tu coca cola de contrabando, porque esa enfermera se ponía rejega. Hiciste que el tío “Vizonte”( al que siempre llamabas hereje, por agnóstico) por fin le propusiera matrimonio a su mujer y se casó a los 89. Incluso hasta la muerte, te fuiste con la frente en alto, con orgullo de tu tierra, y amor por tus raíces, dijiste que el velorio en una funeraria era de flojos, que tu querías que fuera en tu casa, con su chocolate y su pan, con los 9 días, el rezador, la misa, las madrinas de tapete y la cruz de flores, que te enterraran en tu pueblo, con una banda, en la tumba de la abuela, que eso sí era como Dios manda. Y así fue, a mamá no le dio tiempo de llorar porque tenía que atender a 400 condolientes, yo tuve que esperar media hora antes de llegar hasta tu féretro para despedirme, porque había tanta gente que no me dejaban pasar. Cuándo por fin llegué, te miré tal cual: un roble; una mujer hecha y derecha, tenías una cara de tranquilidad que aún conservo en mi mente. No estabas muerta, estabas durmiendo, jugando en los nogales de tu infancia, parada frente al reloj de la plaza, bebiendo un sorbo de téjate. No estabas muerta, estabas descansando los ojos.... de tanto estudiar…

1 comentario:

Samuelósteles dijo...

Pues... qué diré?

Decir en sí es fácil, decir lo que sea, pero no es igual a vivirlo...

Puedo decirte tantas cosas que al final de cuentas acabaré hablando de mí mismo, de mis cosas sin decirte nada concreto de ti, de ella...

Sólo sé que al final de cuentas, uno sólo se muere cuando los demás lo olvidan, así que creo que Áurea es inmortal...

Bueno, hasta aquí.

Que estés bien y felicidades por el triunfo.

:)